curvas de aprendizaje

Después de cuatro meses de clases en México, todavía no he aprendido ¡ESTAR TARDE!

Dibujo III empieza a 17:00. Toma 12 minutitos caminar a la parada del camión, 20 más tomarlo al edificio de artes plásticos en las colinas circundantes del centro de Guanajuato. Llego a la parada a 16:20, bien, el camión llega cuatro minutitos luego. Pero el chico que trabaja en el camión tomando las monedas está de pie en las escaleras, gritando, “¡El siguiente!”

Okey, bueno, esperamos. En 30 segundas un camión todavía más lleno de gente aparece. Todos se meten a empujones, pagando los 3.5 pesos. No hay más asientos, entonces estamos de pie en el pasillo, la mayoría tratando no golpear las cabezas de los sentados con nuestras mochilas. Un muchacho de mi clase sube a la misma parada como yo, y me pregunta si tenga el papel de algodón necesario para hoy. Agito el tubo blanco en la mano como evidencia de sí. Él no lo tiene todavía, y cuando el camión llega al centro de Guanajuato, salta del camión y corre en la dirección de la tienda que vende materiales para el arte. Ya tiene que ser 16:45.

Es las y cinco cuando el camión llega al edificio del arte, pero hay no más de cinco estudiantes en el estudio, de la clase de veinte tantos.

No hay prisa, de todas formas. Una estudiante tiene un mensaje de la profesora que debemos empezar sin ella, porque estará tarde. Mi amigo que se detuvo para el papel pasea al estudio con suficiente tiempo a organizar sus materiales antes que empezamos a dibujar la modelo a 17:20. La profesora llega suavemente en 20 minutos más.

Esta tardanza varia con cada clase, cada profesor@, pero la universidad en general funciona de manera diferente en comparación con lo que estoy acostumbrada. La flexibilidad de l@s estudiantes y profesor@s probablemente tiene que ver con el hecho de la educación universitaria es más o menos gratis aquí. No sé cómo funciona el proceso de solicitudes, pero por la mayoría, estudiantes no son tan obsesiv@s sobre las tareas como mis amig@s en EUA. Supongo que cuando la amenaza inminente de miles de dólares de deudas no esté en frente de los ojos, la universidad no causa tanto estrés.

Claro, esa es otra cosa que varia completamente por persona. Mientras l@s estudiantes de mi clase de dibujo son más relajad@s sobre viniendo a clase, haciendo las tareas, comprando los materiales, hay definitivamente algún@s que aprietan los codos. Por ejemplo, mi “hermano” mexicano (el hijo de mi anfitriona), estudiante de medicina, tiene un montón de libros de texto en el escritorio que aplastaría un niñito dado la oportunidad. Y él pasa rutinariamente los fines de semana estudiando con sus apuntes cubriendo toda la mesa del comedor.

Puedo entender la perspectiva de los estudiantes de los artes plásticos. El razonamiento, como se me explicó, es, “Si no quiero ir, y no voy a hacer buen trabajo, ¿por qué debo ir?” Me parece justo, aunque…

En mi caso, ¡yo quiero ir a clase!

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